-Te repito que no sé nada- Contestó, dejando ver que sufría el bloqueo del débil.
Se paraliza. Siento sus temblores y adquiero un brillo especial. Otra noche más, jugamos a arrancar latidos en los callejones perdidos de ésta ciudad apestosa donde todos andan con una prisa hecha de cadenas, y nuestra nueva víctima es demasiado consciente de ello. El miedo no le va muy bien a su olor a cronómetro inyectado. No puede mirar a los ojos de mi jefe, que permanece callado, esperando. Sólo puede mirarme a mí, vislumbrar la orden, su futuro dos segundos después de volver a decir que no sabe nada. Pero el frío juega malas pasadas, y se le escapa. Un dedo contrae mi extremidad más mortífera, me obliga a susurrarle lo que ya temía.
En el laberinto juegan todos, a veces demasiado. Futuro, presente y pasado vagan ebrios, hablando de caos y soñando con nadas que nunca recordarán, aunque a veces crean que son algo. De vez en cuando alguien cae en que cuando una mirada se carga de odio y miedo es sólo una cárcel, y deja una pintada en la pared que habla de esperanza: nada más irreal que una cárcel.
Pero allí arriba una tormenta ríe con opulencia y mueve cuerdas. Algunos las notan y otros sienten también como tiran de ellos hasta escuchar el eco de su propia sangre. Quizá jueguen con nosotros, piensa un filósofo. Un rayo mató a Sócrates mientras hablaba de la verdad. Ahora le vigilan a él, por ser también un escéptico sin remedio. Pero, después de todo, las cuerdas le hacen callar. Como a muchos otros, el miedo le arranca la palabra a cambio de angustia. Un mal trato.
Y el laberinto crece y crece, hasta que mastica la esfera. Entonces el miedo se siente dueño y señor, y todos giran como gusanos en la inmensa manzana. Desde su tormenta les habla de producción, recursos y dinero. Poco a poco éste ve cómo el tomo de papel marcado llega hasta sus pies, y juega a lanzar algunos billetes al aire, a ver quién es el más avispado. Resulta. En sólo unos instantes de lucha hay tres millones de gusanos muertos - buena cifra a su parecer- , y un millonario. Entonces llama a éste último y le pide que escale la gran montaña de dinero para hacer negocios. Cuando el afortunado está llegando a la cima, resbala entre los papeles y cae. Sus billetes quedan atrapados en la espiral. Dentro de un rato, el miedo jugará de nuevo.
Entre tanto, a la estación sin viajes de ida llegan los pasajeros, gusanos pródigos, sin sus seres queridos, a buscarse la vida. La gran manzana, dicen, es un buen sitio para prosperar. En cambio, el final de la jornada nunca llega. El reloj perdió sus agujas y el tiempo se derrite con saña intermitente. Nadie sabe cuánto tiempo lleva dando vueltas; tampoco cuándo ni cómo podrá volver a casa. Y la tormenta ríe, juega, al son de sus cuerdas, mientras envía a sus esclavos a limpiar los muros que hablan de esperanza.
No digas que el tiempo existe si rozaste esos labios.
No digas que crees en los relojes, en sus agujas, en el tic-tac prefabricado, si miraste esos ojos y lo demás se detuvo hasta que alguien te dijo la hora.
No digas que la noche se acaba si amaneció y todavía estabas despierto y nadie te dijo Buenos días.
No digas que el tiempo pasa si olvidaste la cordura y los locos siguen hablando, danzando y deseando aunque no les den cuerda y las campanadas suenan más allá de sus lóbulos.
No digas que habrá un Después de mientras dura el ahora, si el ahora ya lo es todo.
No digas que no lo habrá; puede que ella te diga la hora y el tiempo exista sólo entonces y bebas y devores los segundos con ella y seáis llamas de ese instante y vuestras sombras se queden en tu memoria para que nada las mate.
¿Por qué educais a los niños en la comprensión vacía para vuestra vida de necios, para que cojan sus sueños y les pongan cualquier precio?
¿Por qué no les enseñais desde que llega al colegio que para cambiar el rumbo además una mundo sin guerras no habrá paz en ésta tierra si no es paz sin privilegios?
¿Por qué propagais tolerancia, si eso es aguantar lo molesto? ¿Quién cojones os molestó? Puta doble moral diplomática, jurásica, febril y rancia que mientras habla de ciencia lanza dogmas desde su ático.
¿Quien decide sobre lo justo? ¿Tu juez, tu credo, tu policía? Lo que para tí es un insulto no es condenable en democracia.
Lo que para tí es rebeldía y reprimes a sangre fría cada día creyéndote un mesías es expresión de democracia.
Todo lo que haces tras ese disfraz es egolatría, causa y consecuencia del poder, corrupción de la democracia.
Entonces... ¿Qué te hace pensar que la puedes legitimar, si tu ego es ficticio y también tu democracia?
Los lobos aúllan cada noche, independientemente de qué mandamás les acecha.
Los perros tienden a ladrar y a veces también muerden, pero cuando son sumisos van junto al capricho de su amo, mitad esclavos de lo que no pueden evitar, mitad traidores de calles que andaron ayer.
Los cerdos se limitan a comer entre mierda, a oler a mierda a vivir con la mierda, y así les gusta crecer.
Hay payasos que hacen leyes y payasos que las aprueban, pero hay otros que son peores: aquellos que las ejecutan.
Cuando ven a los lobos, los payasos sienten miedo; los mismos payasos que ayer fueron lobos y aullaban, hoy olvidan.
Sólo miran la correa, títeres de payasos disfrazados de payasos que aunque no lo crean actúan como perros para ascender a cerdos hasta cúspides de mierda.
Veo a aquel juez, habla con su cardiólogo: Mire usted... Un problema de conciencia de tanto dictar sentencia según órdenes de eminencias que me produce cierta agonía...
¿Otra vez? Eso se piensa en el prólogo...
Yo no sé de psicología, se lo digo cada día a todos los de su gremio, y ya me teneis harto. Por favor, venid mañana cuando os de un infarto y me apunto a la autopsia.
Gracias a Ángel Cabrera ( deversoenverso.es) por haberme avisado
SOLIDARIDAD
I
Dime quiénes somos
sin los sueños que vivimos,
dime de qué modo
podríamos hoy ser los mismos
si no nos dejasen ser
y nosotros a la vez
dejásemos de luchar.
Dime cuanta sed
quedará sin la esperanza,
la pequeña grandeza,
de que podamos danzar
y sumar alguna pieza
a la indestructible fuerza
del alma incansable
de quienes todavía creen
en el ser humano.
II
Dime qué es un fueguito,
si no una visión de Galeano
que tenemos cada mañana
delante de nuestros ojos
aunque no la veamos.
La conciencia universal
parte del que mira al cielo
y sabe que somos fuegos
que se apagarán
si nadie los alimenta
con su mirada limpia
de egoísmos y odios.
III
No es compasión,
ni pena, ni dar a cambio de…
No es una lejana hipérbole
ni la última opción.
No es un brazo
armado con una balanza
y ceguera sin templanza
como otros pretenden
tras un "amén".
Es la justicia moral
e histórica que el poder
arranca a la inocencia
para la eficiencia
de su fatal imperio.
IV
Es el día a día,
no sé como explicarlo,
humilde ejemplo de utopías,
espontáneas y bellas rebeldías
contra la sangre, el hambre,
la mala educación, la violencia,
el terror, el abuso, la represión
la infancia arrancada, los sueños
muertos de millones de niños,
el déspota, la injusta reclusión,
la aniquilación por cruda inercia
del sentido de vida del hombre.
El amor y la rabia,
las ganas de saciar
una pasión indeleble
que se puede extender,
porque es necesario.
***Hay cosas que no sé como explicarlas, probablemente porque sean inexplicables y porque cada uno le da un sentido según su vida y cómo ve las cosas. Pienso que "solidaridad" es algo demasiado grande. Lo importante, al fin y al cabo, es compartir las necesidades del otro y las injusticias sociales e individuales como nuestras para que sepa que siempre hay y habrá alguien ahí. Se me ocurren muchos ejemplos. El solidario, el antifascista, el ecologista, el amigo, el maestro, la amante, el voluntario... Es el día a día. Todos tenemos un egoísta dentro de nosotros y con él convive otro que sabe que sólo compartiendo el camino y viviendo conforme a nuestros principios seremos alguien de quien podamos estar orgullosos el día que todo acabe.
…..Ella le besaba con un susurro cálido. A él le parecía un ángel, y se quedaba boquiabierto viéndola subir las escaleras, sintiéndose la persona más afortunada del mundo después de aquel suave beso con el que apenas había rozado sus labios, como una brisa y un aviso de que significaba mucho más que un “hasta mañana”: te echaré de menos.
…Él iba de cama en cama cada noche. Las devoraba según las conocía, tras la eficiencia del piropo inédito que a cualquiera sorprende, tremendo experto. Después del último orgasmo con su pasión efímera dejaba a su media extinta, llegaba el metro y, con un poco de suerte, encontraría a la siguiente. Pero siempre dormía solo. Y justo antes de cerrar los ojos, cada noche, en duermevela recordaba que lo de aquel día sería su eterna condena, porque la mujer de su vida nunca sentía ni media nostalgia.
…Ella esperaba impaciente cada mañana mientras sus manos se dedicaban a teclear el ordenador. Él sabía que cuando llegara a la oficina sus miradas se cruzarían. Y de nuevo ocurría. Tras la sonrisa, el silencio. Ambos dejaban de fumar cuando tenían que pedir fuego, y se sonrojaban cuando una reunión les obligaba a presentar alguna cuestión ante los demás. Y cada noche, sobre la almohada pensaban en el día siguiente, si por fin el ascensor les tendría atrapados durante horas y un ataque de claustrofobia les dejaría desnudos matando oxígeno sin importarles cuánto queda.
…Él jugaba a sentir el tacto de sus piernas bajo la mesa, y de vez en cuando sonreía sin mirarla, para que nadie sospechara. Ella sentía aquel cosquilleo una y otra vez, y sonreía con cierto esfuerzo a su ex-suegra. Las reuniones familiares, se decían, no tienen mucho sentido. Pero aun divorciados habían decidido guardar las apariencias, y por alguna extraña razón volvieron a desear el postre y escaparon juntos después del segundo plato.
…Ella buscaba al hombre de su vida y él a la mujer de su momento. Un error de la agencia les unió en el Retiro un sábado. Vieron el atardecer, navegaron sin atender a los remos mientras él recitaba algunos versos que ella le había regalado a cambio de una flor. Y continuó el día entre palabras, risas y algún violento silencio. Ella encontró al hombre de aquel momento y él a la mujer de su vida, a la que nunca volvería a ver.
…Él veía sus pupilas, dilatadas, pidiendo más. No sabía si quería morder más su cuello o más droga. Ese sería su problema; ella quería más droga y su cuello. Pero la sangre está ahora empapando la camiseta de ambos y su mandíbula desencajada. Él susurra a pesar del siniestro a su oído extasiado: di no a las drogas o muerde con más tacto, pero no dejes de morder.
...Ella quería dejarle. Otro día más había pensado que era lo mejor, pero ésta vez no le dejaría mediar palabra. Entró en su casa y se lo dijo con una rapidez demasiado estricta que delataba un meticuloso ensayo. Él simplemente la miró. Se había cansado de luchar contra la rutina del obseso. "De acuerdo, espero que te vaya todo muy bien", respondió con un pasotismo nunca visto. Ella le miró extrañada por la reacción, totalmente insatisfecha. Cinco minutos después ambos arañaban el techo del salón, y la lámpara les miraba pensando con un brillo especial que, después de todo, la pasión es un vaivén insensato.