13 octubre, 2015
INTACTA
¡SIMPLE!
05 julio, 2015
PEQUEÑA HISTORIA DE UNO O DOS INVISIBLES
26 abril, 2015
DEL NUDO AL MUNDO
13 abril, 2014
EL CASINO DE LA VIDA
30 mayo, 2013
Realismo (b/m)á(s/g)ico
26 mayo, 2013
LOCURA EN SÍ BEMOL
31 enero, 2011
Inocencia

Aprendí a volar cuando era niño. Lo hice demasiado a menudo como para necesitar mis alas y te las regalé por si querías ponértelas cuando todo te supiera a suelo y nada deseases más que enamorarte.
Estabas preciosa con esas alas. No eran ellas sino la sonrisa que dibujaban en tus labios, ajena a todo. No eran mis viejas alas de cera, casi derretidas después de muchos años queriendo dar gracias al sol por ayudarme a sobrellevar las frías madrugadas donde todo era bajo cero. Tu sonrisa se delataba unas centésimas de segundo antes por el brillo de esos ojos abiertos, un brillo adicto a descubrir algo nuevo, harto de deudas con sus dudas. Y marcabas los hoyitos de tu cara, que dejaban paso a labios-misterio, labios-esperanza, labios-carcajada. Labios-tú.
Aquella mañana, cuando me dijiste que ya no necesitabas nuestras viejas alas de cera y pensabas tirarlas, no supe qué decir. Estuve un rato sin articular palabra alguna. No rompí a llorar, no me enfadé ni nació el típico rencor de post-parto. Tú me preguntabas Qué pasa, me decías que Si quería podía quedármelas. Yo asentí, me levanté y cerré la puerta tras de mi. Por primera vez en mi vida, había sentido la necesidad de cerrar una puerta para siempre. Estaba decepcionado. No habías comprendido nada. Nunca supiste para qué sirven esas alas de cera que, evidentemente, a nadie hacen volar.
28 octubre, 2010
¿Existe el país de Nunca jamás?
En los callejones del mundo se cortan ritmos inéditos; el dolor de las pisadas del odio, la ternura del que aún gatea, el peso de la muerte fulminante.
Me asomo a la ventana y, como cada mañana, esas malditas alarmas avisan. Otro asesinato. No me aparto. Aunque odio esa sensación, no me aparto de la maldita ventana. Como inválido. Sólo pienso. Lo pienso una y otra vez mirándoles con rabia. La belleza nunca muere por sí sola. A la belleza siempre la matan.
Como cada día, la Brigada de Limpieza del Estado se dedica a borrar todo rastro de amor ahí fuera. Lo oigo desde antes de levantarme. Llevan toda la maldita mañana borrando cualquier rastro de amor, de imaginación, de rabia; en fin…Cualquier indicio de libertad. Y me veo aquí, en la ventana desde la que habré observado más de mil asesinatos como éste, inmóvil. Y quiero gritar hasta que mi garganta cae desde el séptimo. “Dejad que llueva, joder”.
Quiero bailes tribales descontrolados. La humanidad bajo mis pies hasta que el cielo empiece a llorar y todos esos pilares caigan. Me resisto a esto. No seré yo quien calle sus pensamientos y se haga de máscaras para alcanzar cualquier maldito status. Ahora que lo único que me queda es todo esto que imagino y trato de compartir; todo lo intangible, lo único que me hace sentir vivo en éste mundo-cementerio. Un poema que viene a tu mano. Una película que os hizo reír hasta después de los créditos. El lienzo que te sugirió sentimientos escondidos. Canciones que son testigos de momentos inmortales. Amor que aún gime en mi memoria. Sexo precipitado en mi deseo que compartiré con ella. Hoy no seré ese Yo al que tus ojos visten para engañarse. ¿Una Brigada de Limpieza del Estado? Bailes tribales descontrolados.
El Estado acusa y la sociedad acepta que acusar es un deber. Veo a esa legión de soldados que limpian y limpian sin saber qué es lo que hacen y, mientras pienso en bailes tribales descontrolados, siento ganas de gritarles de nuevo. No mata la droga. Mata la indiferencia. Apuñala éste vacío. Sangro por cada día de aburrimiento enlatado. Mata cada día que recuerdo nuestros juegos en la plaza y las risas sin fecha de caducidad que ahora quedan en nada más que el eterno deseo de volver.
No matan el humo, las anfetaminas en el cielo ni la nieve sobre el cristal.. Y quiero coger todas sus mentiras y rompérselas en la cabeza. Quiero beber la sangre que brota para recordar que sabe a mierda, y volver a éste rincón prohibido donde dormías conmigo hace mucho tiempo, aunque parezca ayer. Volver a esa habitación de algodón precintada hoy por guardianes de la realidad, donde solían jugar conmigo otros bastardos niños perdidos.
Me pregunto dónde estarán.
25 junio, 2010
La última carta
Aquella mañana la casa le parecía mucho más grande, como si todo espacio fuera inmensidad. No había nadie con él y a cada paso cruzaban tras de sí pelusas del tamaño de su nostalgia. Javier iba de un lado a otro sin más propósito que pasar página, pero el folio estaba en su cabeza y allí, bien lo sabía, a veces se escribe con lágrimas cuyo mayor defecto es que es imposible borrarlas por propia voluntad y más aún pretender solamente ojearlas.
Llevaba ya un rato lloviendo a cántaros aquella tinta. Sin que diera tiempo a digerirla, se materializaba en sus ojos y descendía por su cara, caía sobre su camiseta o directamente al suelo y, a ese ritmo, en unos minutos tendría que ir de uno a otro confín de la mansión buceando. Tras la última vuelta para buscar en cada una de las fotografías donde apareciese su padre el trozo de memoria desterrada que le estaba matando, Javier sintió que no había nada que hacer y todo el pesar cayó sobre su corazón, donde por primera vez sintió que tenía una estrecha lata y si los latidos seguían atrapados, presionándole de ese modo, no podría soportarlo.
Decidió, cuando ya creía que era la última posibilidad de volver a respirar, buscar su alivio en la única habitación en la que, a pesar del paso de los años, aún no había sido capaz de entrar sin que se le cayera el mundo encima. Un pequeño cuarto donde su padre había pasado horas y horas escuchando música, fumando, escribiendo y jugando. Entró y, al encender la luz, allí estaba todo. Cubierto de polvo, pero todo seguía allí. El equipo de música, cientos de vinilos cintas y cd’s que muchas veces habían escuchado juntos, el viejo ordenador, la mítica alfombrilla de El Jueves, la caja donde guardaba su pipa, el tabaco ya totalmente seco, antiguas revistas y una bola del mundo. Javier se quedó un rato de pie, inmóvil, intentado recordar. Se sentó en la “silla de las visitas”, como bromeando él y su viejo la llamaban porque parecía un consultorio de tres al cuarto, intentando de nuevo encontrarle. Escuchó música, leyó uno de sus relatos, jugó a sus propios juegos ... Pero por más momentos y momentos que vinieron a su mente, faltaba siempre lo que ese día necesitaba como nunca hasta entonces había necesitado, quizás pensando que sería la última oportunidad. Así que rompió a llorar de nuevo, ésta vez en silencio, rendido, sin esperanza. Y ya roto pensó , antes de irse de allí, que era el momento de escribirle la última carta.
Creí que no habría un día tan triste en toda mi vida como cuando cerraste los ojos por última vez, pero hoy me he dado cuenta de que no recuerdo tu voz. Te he pensado durante horas, he intentado volver a cualquier momento, y nunca había sabido a qué saben las putas lágrimas como ahora mismo. Aterrizó alguna en mi boca y estuve un buen rato cabizbajo, tragando y tragando y no desaparecía. No sé pensar en nada más, sólo buscar tus palabras y que venga a mi cabeza algún tono reconocible. Encendí la luz de esta habitación en la que no suelo entrar porque la silla está vacía, esperando que al poner uno de tus vinilos reviviera cualquier instante compartido. Pero la sal en mi lengua era solo un retén, y sentarme enfrente de la nada no sirvió de mucho. Lo mismo pasó con tus libros, tu ordenador, tu pipa y tus fotografías.
Sabes que siempre fui un ateo sin remedio; no sé por qué en ese maldito invierno empecé a pensar que quizás existieran los ángeles, materializados en el eterno recuerdo de los que se fueron. En tu eterna imagen y tu eterna voz. Pero las imágenes no dicen tanto. Ahora mismo siento que tus fotografías no dicen absolutamente nada. Tengo ganas de tirar ese marco al suelo y pisarlo por si me devuelve a mi ángel. Cambiaría todas tus fotos por un sólo recuerdo. Con uno me basta, aunque fuera durante unos segundos. Porque es el día más jodidamente asqueroso de mi puta vida, y siento que ya no existes de verdad. Que esa mierda de tumba donde te metieron, que nunca he ido ni iré a ver, no oculta nada, que no es ni tan siquiera un pequeño resto en mi memoria. Que es ahora cuando me doy cuenta de que aquella mañana te perdí para siempre.
Y me odio, me odio como nunca me odié, porque no pensé que era lo único que nunca soportaría olvidar, y lo he olvidado. Y no sé por qué cojones te escribo y te pido que vengas, si eso de los ángeles es otro puto invento de mierda que me creí para pensar que siempre podría escucharte decir que estarás conmigo pase lo que pase.
21 abril, 2010
El sutil encanto de la obsesión
La sangre sobre la nieve es más roja, y a Carol le costaba olvidarla. Tras horas acumulando obsesión en duermevela, había pensado volver a borrar de la entrada de casa aquel excéntrico espectáculo visual, pero estaba cansada. Día a día, al volver del trabajo, se encontraba la misma bienvenida. Le resultaba repulsivo. Un enorme charco de sangre atravesaba la puerta principal y dejaba un perfecto rastro que recorría, como un líquido hilo rojizo, toda la casa de punta a punta, desde la entrada hasta el cuarto de su hija. Harta de la situación, Carol decidió hablar seriamente con ella. Abrió la habitación y allí estaba, plasmando con sus manos la alegría momentánea en un lienzo lleno de garabatos indescifrables. Según observaba su sonriente mueca, imaginaba el modus operandi que, de nuevo, seguiría la diminuta genio tras acabar el cuadro. Cortar en diminutos pedazos el cadáver y enterrarlo precisamente donde ella tenía sus plantas. Un quehacer al que Lara se había acostumbrado sin ningún tipo de consideración hacia su madre ni su estricto concepto del orden. Así que decidió ser tajante y zanjar de una vez por todas el asunto con la pequeña artista.
- Hija… ¿Otra vez?- Le preguntó finalmente, sin que Lara saliera de su aparente trance.
- Mamá, lo siento, pero no puedo evitarlo. Según abro la puerta, es ver sus cuerpos y pensar en todo lo que esconden y me sale solo…- Por su cara, y a pesar de que estaba harta, a Carol le resultaba sumamente difícil, incluso doloroso, pedirle que se detuviese y castigarla. Además, estaba claro que la niña recurriría a su clásica serie argumental. ..- De lo contrario, piensa en lo aburrida que estaría, por no hablar de todo el dinero de clases de música, deportes o cualquier gilipollez que os habéis ahorrado. Además… ¿No ves cómo me pongo cuando veo salir la sangre y empiezo a crear? Mamá, me siento la hija más afortunada del mundo. O…. ¿No quieres que sea felíz?- Preguntó para acabar, sin duda en un último intento hasta entonces efectivo de ablandar a su progenitora. Sin embargo, Carol lo tenía claro; hay límites en ésta vida que no se pueden sobrepasar.
-…Haz lo que quieras hija…Pero no quiero volver a decirte esto, porque sabes de sobra que me saca de mis casillas. Si manchas algo, ¡lo limpias!