Mostrando entradas con la etiqueta relatos breves. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos breves. Mostrar todas las entradas

13 octubre, 2015

INTACTA

Cincuenta y dos años después, Lucía volvió de la mayor guerra que nadie en el mundo pueda recordar dentro de alguien. Vio un letrero medio caído y detrás la que fue su casa, con las paredes desvestidas por el abandono y las enredaderas creciendo despreocupadas. La rodeó con pasos lentos pero ya decidida a empezar de nuevo y, según se acercaba al columpio que su padre construyo en las traseras de su entonces resplandeciente hogar, sintió temblar la tierra. Como golpeando los relojes y calendarios que rigen el ritmo del mundo. Como si, cincuenta y dos años después, su vida recobrase el sentido de cada uno de sus sueños sitiados.

A cada paso, dos golpes de tambor, y otros dos, y otros dos, cada vez más firmes y claros. Ya allí, con sus dedos acariciando una vieja rueda de tractor colgado entre dos cadenas oxidadas, parecía abrirse el suelo de arena ante las arrugas de su cara. Desplazó la rueda con una mano para escarvar debajo con la otra y, después de un rato, ahí estaba. Tal y como se había dejado, dentro de esa vieja lata. Una niña latiendo, intacta.

¡SIMPLE!

Notas caen del cielo en una tarde gris y la garganta de Sam Cooke desgarra las nubes para decirle a los charcos pisoteados que nada llueve como la esperanza. Hay una honda alegría, una testaruda inocencia donde su voz necesita posarse. En la habitación 706 de un hospital de Salamanca un caballero de 88 años recibe la noticia: el amor de su vida va a visitarle.

Recompuesto sobre la cama y aun después de una dura operación por la que apenas puede moverse, resuelve pedirle a su hijo que le afeite. Péiname, dame esa colonia que tanto le ha gustado siempre y dile al médico que quiero recibirla sentado, le dice. Aunque sentarse duele, poco le importa. Simplemente quiere esperarla. Ya sentado en el sillón, aguardando su llegada con la vista clavada en la puerta, el trasluz de las ventanas queda reducido a cero por el brillo de sus ojos de niño.

Las pupilas que esperan son las que más brillan, concluye una enfermera que pasa por allí y, sin ser alcahueta, se detiene a mirarle, sorprendida. Las pupilas que esperan recorren el pasillo, bajan las escaleras, queman las ruedas en cualquier distancia y abren con premura la puerta de su casa para besar el día con el deseo amaneciendo entre dos bocas.

Dicen que desde que nacemos nos acompaña una sombra. Unos hablan de la luz y otros de la muerte, pero, en realidad, poco saben de la muerte los segundos y menos aún de lo que vale la vida. O eso pienso mientras imagino a ese caballero sentado, esperando su vida entera.

Notas musicales desgarran nubes en una tarde gris. De un edificio sombrío sale una luz distinta, como riendo por las retinas, y nada tiene que ver, de primeras, pero la voz de Sam Cooke se siente aclarada. El corazón de ese hombre siempre estuvo ahí. 

¿Qué constata eso? Se preguntan las dudas que contemplan la escena desde los ventanales abiertos de su templo para insomnes ¡Simple!, concluye una. Que sí existe el amor eterno.

05 julio, 2015

PEQUEÑA HISTORIA DE UNO O DOS INVISIBLES

Está muy cansada. Las manecillas del reloj se unen en la medianoche. Habrán pasado quince minutos desde que Nadia cruzó la puerta y entró en casa, tras un largo día de trabajo. Ahora el colchón la llama con insistencia, con la pesadez que emerge de un pulso entre el cuerpo y las ganas, cuando sientes que aunque tengas que dormir, para ser capaz de rendir al día siguiente, necesitas al menos un momento para sentir que sigues vivo. Del salón llega un eco televisivo, algo de humor ingenioso por las cuerdas vocales del presentador de un show bien pensado y mejor elaborado. Con él se mimetizan las risas de sus dos compañeros de piso, estudiantes que aún disponen de muchas horas para percibir la existencia como algo fluido y digno de desperdiciar como sea mientras sea posible. En tales divagaciones está cuando las risas, bien por expansión real o bien por percepción forjada, le suenan a insomnio mental. Otra vez, se dice. Ha acuñado el término hace una semana, por esa costumbre popular de ponerle nombres a todo, aunque cuando lo expliques a alguien sepas, de sobra, que la única respuesta va a ser una ceja arqueada y, en todo caso, una afirmación circunstancial.

Insomnio mental: dícese del estado de un individuo cuando su cuerpo pide paz y la mente grita guerra. Tendente a 1) la exponencial extensión de cada idea en espirales de aguda profundidad analítica y emotiva, y a 2) un continuo e improductivo enlace de apuntes absurdos sobre cosas aún más absurdas, si cabe.

Esta noche el pronóstico se muestra desde el principio muy claro. Ataque certero, nivel alto/muy alto de insomnio mental modalidad Uno. Hemisferio izquierdo exaltado. Cuando le ocurre eso, lo único que desea es desaparecer de sí misma, que todo se detenga y acabe rápido. Pero si algo es por todos sabido, es que esa es precisamente la condena del insomnio. Cuando, además, uno se encuentra ante la vertiente angustiosa todo es más difícil aún, porque ni tan siquiera puedes saciar tu sed con el monologuista del salón y tus compañeros de carcajada. Es por ello por lo que Nadia abre de nuevo la puerta de casa, esta vez para salir sin prisa, sin rumbo y sin saber cuándo volverá. Desciende dos pisos hasta el portal. Mira alrededor. Ni un alma. Más de tres millones de personas y ni un alma en la calle; por mucho que puedan esconderse, resulta una ironía, piensa. Poco después gira en una, dos, diez calles hasta dar con un parque desde el que, al menos, se ve la luna. Esa luna filtrada y rodeada de cierta corrosión naranja, el extraño color con que en las grandes ciudades pintan el cielo durante la noche.

Se sienta sobre el césped, que desprende ese olor a humedad característico de los parques bien cuidados, una entusiasta ilusión de naturaleza. De todo el día, los únicos momentos que ha tenido para descansar un poco han sido los caminos de ida y vuelta del trabajo. Dos horas en el metro durante las cuales se dedica a pensar si todos aquellos apresurados congéneres tendrán una vida tan extraña como la suya. Otras veces mira a algún chico imaginando si, quizás, mientras ninguno de los dos es capaz de conjugar una sonrisa y un Qué haces después del trabajo, está ante el hombre de su vida. Pero algo se repite siempre, día tras día, cuando ve al sonriente señor del acordeón jugando a afinar el ruido de los raíles con sus dedos y sus brazos bailarines, haya o no buenas propinas. Se da cuenta de que la felicidad consiste en querer lo que haces para poder hacer lo que quieres, una filosofía a la que su padre solía llamar, con el aplomo gramatical que da la experiencia, “tirar pa´lante”. Ahora, sentada en el parque, piensa en por qué no fue sincera con la única persona, en las nueve plantas de oficinas que se patea cada mañana, a la que le hubiese gustado hablar del afinador de trenes y, quién sabe, de urbanitas príncipes azules.

Fase aguda del insomnio: mira hacia el cielo, lo necesita, pero no puede ver ninguna estrella. La ciudad. El parque. Una mirada alrededor. No puede dejar de pensarlo… Dónde estará él, dónde habrá ido… Una gota de agua salada acaricia la mejilla de Nadia. En su cauce lleva retazos de algo, muy parecido a una triste poesía. Empieza a llover.

...A veces el llanto del cielo
parece la esperanza de la tierra,
otras es invertir el sentido del vuelo
cuando la nostalgia nos encierra
hasta volvernos invisibles…

Muy cerca de ese parque, las primeras gotas de esta noche levemente lluviosa también acarician lo que nadie puede ver.
­­­­­- ¡O­tra vez a dormir sobre mojado, así no hay quien descanse un solo día!―grita Víctor en un callejón, sin más respuesta que su propio eco.

Han pasado seis meses desde que aquella pesadilla comenzó, y ya no tiene muchas fuerzas para seguir. Cada vez menos. No tanto por vivir en la calle, sino por la soledad a la que ésta le condena. Aprendió pronto a no infravalorar el concepto de “perro callejero”. Con tanto tiempo, le gusta reflexionar sobre todo, aun sabiendo que para conseguir el Nobel es necesario al menos cierto rigor científico.

Perro callejero: binomio lingüístico comúnmente complementado por “como un” que, aun refiriéndose expresamente al canino animal, puede abarcar amplio abanico de especies. Entre ellas, el ser humano.

Al fin y al cabo, poco a poco su vida se resume en la misma rutina. Vagar por las calles, sin sentido ni rumbo, y recoger las sobras que encuentre o que algún misericordioso le deje en el suelo. En eso, el ser humano y el perro no se distinguen apenas si comparten un “callejero”. Difícil situación… Bastante tengo con compartir esta mierda de destino con más de dos mil personas, como para encima contar con los perros, piensa muchas veces. Sí... Al parecer, no son pocas las personas que acaban como él en la gran ciudad. Muchas veces, cuando les observa, tan parecidos, se pregunta si el principio de su final habría sido el mismo, o parecido al suyo, de haberles sucedido todo al calor de otro azar. Si se habrán visto obligados a huir, sin sus padres, parejas e hijos primero, sin sus trabajos después, sin salir de casa, hasta que una carta les dice que la vivienda no es tanto un derecho como un buen negocio que exige puntualidad en los pagos. Y ahora, con el desengaño que otorga el tiempo, se pregunta si todos esos despojados han sentido, como él, vergüenza y miedo a sincerarse con los pocos que quedan. Cada vez menos. El miedo a decirles que es triste pero, sí, están cada vez más solos. Que se han perdido sin saber cómo seguir, cómo afrontar la pena, la duda, la memoria, las lágrimas. Que es inevitable la duda de si han perdido, poco a poco, esa batalla. Sin darse cuenta, enlazando tristezas, paralizados, arrinconados en el cuarto; viendo la televisión cada noche sin seguir ninguna trama, ensimismados hasta que el sueño les atrapa. Que duele, pero ocurre, que de repente los rincones están fuera, fríos, y te avergüenzas, y sigues sin saber cómo y a quién pedir auxilio. Todo eso, y más. La calle, se dice muchas veces, es una eterna pregunta, tan perpetua como el hambre o la sed, y tan imborrable como el recuerdo de un abrazo, un cálido abrazo, como aquellos que le daba Noa, su mujer, cuando algo iba mal. Mientras se levanta y recoge algunos cartones y una bolsa con algo de comida piensa, mirando alrededor, que él, después de todo, no tiene culpa de sentirse cansado

Nadie me preparó para esto… ¡Nadie!―grita a dos jóvenes que pasean avenida abajo, agarrados de la mano, inmunes al sentir de Víctor.

Empieza a andar, sin mucha prisa. Esta noche la lluvia no le hace temer un mal sueño. Es una lluvia suave, con la que el agua parece levitar en torno a uno y, al bailar con ella se siente por momentos fuera de sí, libre, no sólo de su cuerpo, también de todo pasado y cualquier futuro. Aun así, en el suelo la lluvia languidece, se detiene, y Víctor sabe que si se tumba de nuevo en cualquier calleja acabará tiritando, así que decide caminar hasta un lugar más alegre. Ya después decidirá dónde dormir.

Sigue el camino de los dos chicos, que ya se habrán esfumado por cualquier esquina, y sin atender, perdido entre las gotas en su ligero baile, anda durante un buen rato por esa amplia avenida, sin variar el rumbo, boquiabierto, sintiendo en las pupilas el extraño vaivén de una esperanza olvidada. No la ve, pero detrás de sí una pintada refleja algo que siempre habría querido decir.
Por favor, por si vuelvo, dejen una luz encendida”.

Aún sentada, Nadia se agarra al banco del parque como temiendo salir disparada al sentarse, a la par, en el banco de sus recuerdos. Y se pregunta cuánto quedará de él, mientras la lluvia sigue acariciándole la mejilla. Dicen que le han echado porque cada vez era más callado, más descuidado con su aspecto y menos eficiente. Lo cierto es que ya nadie le ve en su barrio. Por eso muchos, incluso ella a veces, tienen la certeza de que murió. Quizás fuera un rumor. Nunca pregunta por respeto, porque no quiere entrar en esa espiral de cuchicheos de oficina en los que, de repente, del morbo nace un interés por alguien que nadie tuvo nunca, hasta que todas las conjeturas posibles se han hecho y sólo queda lanzar hipótesis que se olvidan en cuanto nadie vuelve a hablar de ellas.

Si es así, si está muerto, no quedará mucho, se contesta. No, al menos, una esquela reflexiva, de esas que homenajean a uno por lo vivido y no por su muerte en alguna columna de cualquier periódico o en cualquier reportaje o pequeña noticia. O peor, ni tan siquiera en una de tantas ágoras improvisadas por la ciudad.

Aún no entiende por qué fue tan injustamente tratado y olvidado. Todos le conocían por su timidez, por esa tremenda capacidad para aislarse de todo y escaparse del prójimo, tanto que a veces parecía no existir. Cuando entró en la empresa pasaba por un mal momento, según le habían comentado. Su mujer le había dejado por otro y se había llevado a los niños con ella a Southampton, donde el repentino padrastro trabajaba. Pero las apariencias engañan, claro, se había dicho de primeras, y después una y otra vez, en cierto modo culpándose por sucumbir al prejuicio colectivo. Es como aseguraba aquel anuncio de telefonía móvil: si no lo cuentas es como si no lo hubieses vivido. Por eso, en vez de intentar conocerle se limitaron a llamarle, las pocas veces que le llamaban, “el amargao”, “el soso”; tampoco faltaba “el raro”. Raro... Menuda oda a la relatividad.

Ella sabe que no fue como decían, que era mucho más que eso. Lo supo un día que fue a pedir permiso vacaciones al jefe. Al pasar por la sala que daba a su despacho, él estaba ahí, con los ojos tristes que últimamente se dejaba poner. Al salir, Nadia se detuvo a hacer fotocopias y, como estaba cerca de él, le oyó hablar con su madre. Sin saber por qué, dejó la máquina y, simulando que ordenaba varios documentos, acomodó su oído a la débil voz: Sí, mamá, estoy muy bien… Sí, ya sabes que me encanta mi trabajo y que cuando salgo me esperan en casa, ¿qué más se puede pedir?

Pasaba su voz por media sonrisa, como si le fuera la vida en soñar junto a su madre para que ella le pensara siempre en esa nube y no tuviese nada por lo que preocuparse. Fue entonces Nadia cuando se supo absurda y supo a todos absurdos, tan hundidos en la imagen, la estrecha imagen, tan cerca de la mentira por pequeña, diminuta.

Hasta que supo su nombre, le pensaba “El hombre invisible”, aunque de un modo cariñoso, porque ella muchas veces se siente igual. Fría, nostálgica, en este mundo donde la soledad mata lentamente, a base de nadas y momentos en duermevela. Nadia sabe, claro que sí, que la diferencia entre la visibilidad y la invisibilidad muchas veces es sólo una mayúscula. Amigo, Compañero, Tío.

Habría bastado un simple Raro, o Soso, con S de Sabes que estoy ahí. Ella tampoco regó la primera letra cuando pudo, por miedo, por timidez… Por lo que fuera. Y ahora, mientras se levanta para seguir calle arriba, no puede dejar de pensar en él, en lo triste que es la soledad, en cuántos en esta gigantesca ciudad se sentirán de ese modo.

Así está durante un buen rato. Ya no recuerda que llueve cuando cruza la esquina para entrar en la avenida de camino a su casa y ve a un vagabundo mirando al cielo, como si intentase divisar una a una, las gotas que caen, sorprendido por el fenómeno. Justo cuando va a cruzarse con él, éste abandona la perplejidad de su descubrimiento y la mira. Una mirada que le resulta familiar, pero a la vez extraña.

¿Le habrá pedido dinero más veces? Piensa, de primeras, Nadia. Víctor sí la reconoce al instante, pero sabe que ella no caerá en la cuenta. Deja escapar un afluente por una de sus muchas mejillas invisibles y se limita a pedirle algo.

Disculpe, por favor, ¿no tendrá un cigarro?pregunta, sabiendo que su voz está demasiado cascada, ya sin esperanza de que le reconozca.

No, lo siento. No fumo. Si quieres un caramelo… Es de miel, te vendrá biencontesta, después de mirarle bien, convencida ya de que no le conoce.

De acuerdo, muchas gracias―y una vez más, siente la condena. Una tristeza espantosa, que le obliga a ser sincero y confesarle por qué sufre, aunque ella, después, siga su camino- Una cosa más, por favor…

Sí, dime, pero… Si es dinero, lo siento, he salido sin el bolsose adelanta Nadia, sin maldad, creyendo saber cuál es su intención.


No, no es eso… Sólo quería saber una cosa…duda un poco, pero la pregunta ya sale, leve pero imparable, de sus labios¿Alguna vez te has sentido invisible?

26 abril, 2015

DEL NUDO AL MUNDO

El niño enclenque de la clase caminaba siempre solo y cabizbajo de vuelta a casa. Lo que se dice andar, andaba, aunque de esa forma inconsciente de quien siente vivir sin aire dentro de su propio estómago. Pasaban los cursos, los veranos con sus septiembres, y el niño de la cabeza gacha se hizo adolescente escuchimizado y, al poco, joven canijo, si no esmirriado. O, peor, birrioso. 

Con aquella manía suya de no distinguir metáforas y sinónimos, confundió las pruebas de acceso a la universidad con las de acceso a la vida. Y, claro, suspendió. En los ratos muertos de aquel verano perdido hizo una pausa para soñar una montaña de libros que, de saber escalarla, le llevarían a ser la persona decidida y fuerte que siempre había deseado. De tal manera la soñó que, una vez despierto, sólo leía. Con vehemencia saqueó la biblioteca de su madre, alias “la ducha”, “la de letras” o, según el vecino, “la biensabía”.

Y entre líneas entendió que los sueños, sueños son, pero también pudo saber de las utopías. De su máxima forma, el Amor. Del tránsito al Des-, y cómo un prefijo tan pronto mata como luego inspira. De las paces y las guerras, de rabias que llevan al odio y otras que desembocan en rebeldía.  Hoja tras hoja, supo del llanto, nacido a veces de sufrimiento y otras, más saladas, de puro alborozo. De la sonrisa falsa en el lado oscuro de un abrazo. De la sonrisa llana y esdrújula que es regalo sin reemplazo, en la amistad de siempre y la agradablemente repentina.

Según pasaba hojas, descubría un mundo hecho de letras, y al salir a la calle, cuál era su asombro, otro mundo hecho de vida. Quizás más imperfecto pero tan parecido, al imaginarlo con sus nuevos ojos, que cuando se quiso dar cuenta los tenía siempre totalmente abiertos. Cerrar, lo que se dice cerrar, los cerraba, pero de esa forma refleja del casi imperceptible parpadeo. Y la cabeza tan alta que por fin supo lo que es mirar los ojos de otros. De igual a igual, como indios en las buenas novelas de caballerías, las historias de amores correspondidos y los capítulos donde el oprimido no se arrodilla. 

Cuando volvió a mirar el calendario, era mucho más fuerte y decidido. En aquel septiembre sí que aprobó, y con nota, la universidad y, en adelante, su vida. Y partió a una nueva ciudad, no sin darle un largo y sentido abrazo a su madre, que quizás algo no sabía. 

Su hijo, el que vivía sin aire dentro de su propio estómago, había aprendido a subir al mundo por cada uno de los nudos acumulados en su garganta. El mundo, lo que se dice mundo, ya lo conocía, pero no desde ese precioso lugar... La asombrosa intemperie de uno mismo.   

13 abril, 2014

EL CASINO DE LA VIDA

Entré en el Casino de la Vida por pura casualidad. Aquella noche había cambiado de ruta al volver a casa y, doblando una esquina, lo encontré de frente. Un viejo luminoso con alguna letra apagada hacía parpadear su nombre. El edificio se mantenía en pie entre escombros y ruinas de otros por toda una calle que, sin duda, corrió peor suerte. A uno y otro lado mendigos calentándose con un bidón y vino barato, gritando al gigante que custodia la puerta. “¡Solo una vez más!¡No sabía que sería la única!”. “¡Cambié de nombre! Mira mi identificación, técnicamente... ¡No soy el mismo!”. “Todos merecemos otra!”. Entre exclamaciones me acerqué al guardián. Dos metros y medio de altura avalados por otros tantos de ancho y el aparato de fonación de un barítono dramático que se fumó a su madre.

-Buenas noches ¿Desea usted una oportunidad?

30 mayo, 2013

Realismo (b/m)á(s/g)ico

Llegué a la sensatezría con las prisas de siempre. Me faltaba comprar el pan, pero es algo de lo que uno puede prescindir si tiene otros asuntos entre manos. “Póngame dos kilos de cordura y medio de aversipuedeser, por favor”, le dije a Vicenta, la sensatezra, hija de una gran casta de sensatezros, decimonovena en el árbol genealógico y tan bruta como todos sus ancestros. “La virgen, si ayer me dejaste el arcón vacío, tú qué coño tienes hijo mío?”, preguntó. “Creo que estoy loco”, respondí. Ella se limitó a asentir y, tras un soplido y dos madremía, me remitió a un cartel colgado en la entrada. 

AVISO. PUEDE QUE SU LOCURA NO SEA PASAJERA

26 mayo, 2013

LOCURA EN SÍ BEMOL

“Apareces de la nada, como un fantasma que sonríe,   que no duele ni da miedo y sólo puede desaparecer. Te vas, vuelves, te vas. Y cuando vuelves a volver, de nuevo todo se detiene. Porque eres tú mi tiempo único, desbocado. Notas musicales frenéticas que uno escucha por primera vez. Yo me dejo ser en él, me limito a sentirte con desconcierto hasta que, como siempre, me traspasas y, por mucho que te siga sintiendo, te dejo de ver”.

A Ángel le ocurre muy a menudo. Va por su casa, por la calle, rompiendo cada reloj que encuentra a su paso en termómetros, escaparates, ayuntamientos. Atenta contra Morfeo en las noches de puñales de su infame insomnio. Hace caer catedrales y callar las campanadas. Él, que no quiere que pase el tiempo, cuando ella no está. Y convoca a los demonios, a antepasados de su vecindad y entes que transitan entre nosecuántos mundos, sin que nadie sepa ni pueda darle dato alguno de ese fantasma que le roba a Cronos, y a Kairos, lo efímero y lo eterno, dejándole a merced de una terrible fiebre.

Cómo arde este muchacho, comentan las vecinas. Acuden sabios de tierras aztecas y familiares nunca vistos a contemplar, impávidos, su soliloquio. La tierra se vuelve plana en la boca desquiciada de Ángel. Galileo, el de una calle más abajo, la envuelve y moja, se la pone en la frente. Pero ni por esas, ni por quinientos rezos, ni por dos mil plegarias al Cristo de los Cuerdos y la Virgen del Olvido, deja Ángel de buscar al fantasma, de esperar a que vuelva, de pensar “sé de este mundo, ahora que este mundo me parece hecho de ti”.

31 enero, 2011

Inocencia


Aprendí a volar cuando era niño. Lo hice demasiado a menudo como para necesitar mis alas y te las regalé por si querías ponértelas cuando todo te supiera a suelo y nada deseases más que enamorarte.

Estabas preciosa con esas alas. No eran ellas sino la sonrisa que dibujaban en tus labios, ajena a todo. No eran mis viejas alas de cera, casi derretidas después de muchos años queriendo dar gracias al sol por ayudarme a sobrellevar las frías madrugadas donde todo era bajo cero. Tu sonrisa se delataba unas centésimas de segundo antes por el brillo de esos ojos abiertos, un brillo adicto a descubrir algo nuevo, harto de deudas con sus dudas. Y marcabas los hoyitos de tu cara, que dejaban paso a labios-misterio, labios-esperanza, labios-carcajada. Labios-tú.

Aquella mañana, cuando me dijiste que ya no necesitabas nuestras viejas alas de cera y pensabas tirarlas, no supe qué decir. Estuve un rato sin articular palabra alguna. No rompí a llorar, no me enfadé ni nació el típico rencor de post-parto. Tú me preguntabas Qué pasa, me decías que Si quería podía quedármelas. Yo asentí, me levanté y cerré la puerta tras de mi. Por primera vez en mi vida, había sentido la necesidad de cerrar una puerta para siempre. Estaba decepcionado. No habías comprendido nada. Nunca supiste para qué sirven esas alas de cera que, evidentemente, a nadie hacen volar.

28 octubre, 2010

¿Existe el país de Nunca jamás?

En los callejones del mundo se cortan ritmos inéditos; el dolor de las pisadas del odio, la ternura del que aún gatea, el peso de la muerte fulminante.

Me asomo a la ventana y, como cada mañana, esas malditas alarmas avisan. Otro asesinato. No me aparto. Aunque odio esa sensación, no me aparto de la maldita ventana. Como inválido. Sólo pienso. Lo pienso una y otra vez mirándoles con rabia. La belleza nunca muere por sí sola. A la belleza siempre la matan.

Como cada día, la Brigada de Limpieza del Estado se dedica a borrar todo rastro de amor ahí fuera. Lo oigo desde antes de levantarme. Llevan toda la maldita mañana borrando cualquier rastro de amor, de imaginación, de rabia; en fin…Cualquier indicio de libertad. Y me veo aquí, en la ventana desde la que habré observado más de mil asesinatos como éste, inmóvil. Y quiero gritar hasta que mi garganta cae desde el séptimo. “Dejad que llueva, joder”.

Quiero bailes tribales descontrolados. La humanidad bajo mis pies hasta que el cielo empiece a llorar y todos esos pilares caigan. Me resisto a esto. No seré yo quien calle sus pensamientos y se haga de máscaras para alcanzar cualquier maldito status. Ahora que lo único que me queda es todo esto que imagino y trato de compartir; todo lo intangible, lo único que me hace sentir vivo en éste mundo-cementerio. Un poema que viene a tu mano. Una película que os hizo reír hasta después de los créditos. El lienzo que te sugirió sentimientos escondidos. Canciones que son testigos de momentos inmortales. Amor que aún gime en mi memoria. Sexo precipitado en mi deseo que compartiré con ella. Hoy no seré ese Yo al que tus ojos visten para engañarse. ¿Una Brigada de Limpieza del Estado? Bailes tribales descontrolados.

El Estado acusa y la sociedad acepta que acusar es un deber. Veo a esa legión de soldados que limpian y limpian sin saber qué es lo que hacen y, mientras pienso en bailes tribales descontrolados, siento ganas de gritarles de nuevo. No mata la droga. Mata la indiferencia. Apuñala éste vacío. Sangro por cada día de aburrimiento enlatado. Mata cada día que recuerdo nuestros juegos en la plaza y las risas sin fecha de caducidad que ahora quedan en nada más que el eterno deseo de volver.

No matan el humo, las anfetaminas en el cielo ni la nieve sobre el cristal.. Y quiero coger todas sus mentiras y rompérselas en la cabeza. Quiero beber la sangre que brota para recordar que sabe a mierda, y volver a éste rincón prohibido donde dormías conmigo hace mucho tiempo, aunque parezca ayer. Volver a esa habitación de algodón precintada hoy por guardianes de la realidad, donde solían jugar conmigo otros bastardos niños perdidos.

Me pregunto dónde estarán.

25 junio, 2010

La última carta

Aquella mañana la casa le parecía mucho más grande, como si todo espacio fuera inmensidad. No había nadie con él y a cada paso cruzaban tras de sí pelusas del tamaño de su nostalgia. Javier iba de un lado a otro sin más propósito que pasar página, pero el folio estaba en su cabeza y allí, bien lo sabía, a veces se escribe con lágrimas cuyo mayor defecto es que es imposible borrarlas por propia voluntad y más aún pretender solamente ojearlas.

Llevaba ya un rato lloviendo a cántaros aquella tinta. Sin que diera tiempo a digerirla, se materializaba en sus ojos y descendía por su cara, caía sobre su camiseta o directamente al suelo y, a ese ritmo, en unos minutos tendría que ir de uno a otro confín de la mansión buceando. Tras la última vuelta para buscar en cada una de las fotografías donde apareciese su padre el trozo de memoria desterrada que le estaba matando, Javier sintió que no había nada que hacer y todo el pesar cayó sobre su corazón, donde por primera vez sintió que tenía una estrecha lata y si los latidos seguían atrapados, presionándole de ese modo, no podría soportarlo.

Decidió, cuando ya creía que era la última posibilidad de volver a respirar, buscar su alivio en la única habitación en la que, a pesar del paso de los años, aún no había sido capaz de entrar sin que se le cayera el mundo encima. Un pequeño cuarto donde su padre había pasado horas y horas escuchando música, fumando, escribiendo y jugando. Entró y, al encender la luz, allí estaba todo. Cubierto de polvo, pero todo seguía allí. El equipo de música, cientos de vinilos cintas y cd’s que muchas veces habían escuchado juntos, el viejo ordenador, la mítica alfombrilla de El Jueves, la caja donde guardaba su pipa, el tabaco ya totalmente seco, antiguas revistas y una bola del mundo. Javier se quedó un rato de pie, inmóvil, intentado recordar. Se sentó en la “silla de las visitas”, como bromeando él y su viejo la llamaban porque parecía un consultorio de tres al cuarto, intentando de nuevo encontrarle. Escuchó música, leyó uno de sus relatos, jugó a sus propios juegos ... Pero por más momentos y momentos que vinieron a su mente, faltaba siempre lo que ese día necesitaba como nunca hasta entonces había necesitado, quizás pensando que sería la última oportunidad. Así que rompió a llorar de nuevo, ésta vez en silencio, rendido, sin esperanza. Y ya roto pensó , antes de irse de allí, que era el momento de escribirle la última carta.


Creí que no habría un día tan triste en toda mi vida como cuando cerraste los ojos por última vez, pero hoy me he dado cuenta de que no recuerdo tu voz. Te he pensado durante horas, he intentado volver a cualquier momento, y nunca había sabido a qué saben las putas lágrimas como ahora mismo. Aterrizó alguna en mi boca y estuve un buen rato cabizbajo, tragando y tragando y no desaparecía. No sé pensar en nada más, sólo buscar tus palabras y que venga a mi cabeza algún tono reconocible. Encendí la luz de esta habitación en la que no suelo entrar porque la silla está vacía, esperando que al poner uno de tus vinilos reviviera cualquier instante compartido. Pero la sal en mi lengua era solo un retén, y sentarme enfrente de la nada no sirvió de mucho. Lo mismo pasó con tus libros, tu ordenador, tu pipa y tus fotografías.

Sabes que siempre fui un ateo sin remedio; no sé por qué en ese maldito invierno empecé a pensar que quizás existieran los ángeles, materializados en el eterno recuerdo de los que se fueron. En tu eterna imagen y tu eterna voz. Pero las imágenes no dicen tanto. Ahora mismo siento que tus fotografías no dicen absolutamente nada. Tengo ganas de tirar ese marco al suelo y pisarlo por si me devuelve a mi ángel. Cambiaría todas tus fotos por un sólo recuerdo. Con uno me basta, aunque fuera durante unos segundos. Porque es el día más jodidamente asqueroso de mi puta vida, y siento que ya no existes de verdad. Que esa mierda de tumba donde te metieron, que nunca he ido ni iré a ver, no oculta nada, que no es ni tan siquiera un pequeño resto en mi memoria. Que es ahora cuando me doy cuenta de que aquella mañana te perdí para siempre.

Y me odio, me odio como nunca me odié, porque no pensé que era lo único que nunca soportaría olvidar, y lo he olvidado. Y no sé por qué cojones te escribo y te pido que vengas, si eso de los ángeles es otro puto invento de mierda que me creí para pensar que siempre podría escucharte decir que estarás conmigo pase lo que pase.

21 abril, 2010

El sutil encanto de la obsesión



La sangre sobre la nieve es más roja, y a Carol le costaba olvidarla. Tras horas acumulando obsesión en duermevela, había pensado volver a borrar de la entrada de casa aquel excéntrico espectáculo visual, pero estaba cansada. Día a día, al volver del trabajo, se encontraba la misma bienvenida. Le resultaba repulsivo. Un enorme charco de sangre atravesaba la puerta principal y dejaba un perfecto rastro que recorría, como un líquido hilo rojizo, toda la casa de punta a punta, desde la entrada hasta el cuarto de su hija. Harta de la situación, Carol decidió hablar seriamente con ella. Abrió la habitación y allí estaba, plasmando con sus manos la alegría momentánea en un lienzo lleno de garabatos indescifrables. Según observaba su sonriente mueca, imaginaba el modus operandi que, de nuevo, seguiría la diminuta genio tras acabar el cuadro. Cortar en diminutos pedazos el cadáver y enterrarlo precisamente donde ella tenía sus plantas. Un quehacer al que Lara se había acostumbrado sin ningún tipo de consideración hacia su madre ni su estricto concepto del orden. Así que decidió ser tajante y zanjar de una vez por todas el asunto con la pequeña artista.

- Hija… ¿Otra vez?- Le preguntó finalmente, sin que Lara saliera de su aparente trance.

- Mamá, lo siento, pero no puedo evitarlo. Según abro la puerta, es ver sus cuerpos y pensar en todo lo que esconden y me sale solo…- Por su cara, y a pesar de que estaba harta, a Carol le resultaba sumamente difícil, incluso doloroso, pedirle que se detuviese y castigarla. Además, estaba claro que la niña recurriría a su clásica serie argumental. ..- De lo contrario, piensa en lo aburrida que estaría, por no hablar de todo el dinero de clases de música, deportes o cualquier gilipollez que os habéis ahorrado. Además… ¿No ves cómo me pongo cuando veo salir la sangre y empiezo a crear? Mamá, me siento la hija más afortunada del mundo. O…. ¿No quieres que sea felíz?- Preguntó para acabar, sin duda en un último intento hasta entonces efectivo de ablandar a su progenitora. Sin embargo, Carol lo tenía claro; hay límites en ésta vida que no se pueden sobrepasar.

-…Haz lo que quieras hija…Pero no quiero volver a decirte esto, porque sabes de sobra que me saca de mis casillas. Si manchas algo, ¡lo limpias!