21 septiembre, 2015

ANATOMÍA DE NUESTROS MUERDOS Y DELIRIOS: RENACIMIENTO (II)

El frío abraza las paredes de la catedral
y creo que Dios ni se inmuta
pero un loco se ha subido a lo más alto
para descorchar el tiempo
con la arritmia de sus campanadas.

Eso leo mientras imagino su reflejo roto
en el suelo a cada pisada
cuando corra, ya de vuelta, hasta su casa
con cara de satisfecho.

Hoy llueve a gusto de todos,
las luces de los taxis se difuminan en la avenida
y, dentro, dos recién llegados observan
las gotas que empapan lentamente
a dos jóvenes sobre la acera, despidiéndose a bocados.

Ningún titular lo contará mañana,
pero el tránsito y el amor
también son noticia bajo los temporales
y más si son como este, inesperado.

Yo, mientras, ideo novelas,
poemarios con aire inacabado
y los compases salvajes
de las ventanas cuando son pianos.

No hay monotonía en la lluvia ni adrede,
con tanta mente adicta al arte
de escuchar lo que quiere cuando quiere
o ser cualquier sentido entre hueso y carne.

Mientras leo se eriza mi piel;
agarro con fuerza la manta otra vez
y tiembla en su taza el café:

TAMBORES DE GUERRA VIENEN A VISITARME.

ANATOMÍA DE NUESTROS MUERDOS Y DELIRIOS: CORAZONES COLATERALES

Ya me cansé de devorar libros
y no encontrar una sola página con la respuesta,
sentirme un sabio párvulo
en la espiral de la mutua, involuntaria y oscilante indiferencia.

Tú me quisiste y yo idem,
después me fallaste y no supe responder.

Probablemente por pura rabia también la cagué;
tú tardaste en ser justa, después la vida y me perdonaste
y en el ring de contrincantes del desastre
alguien tiró un pañuelo blanco
pero creímos que era para que alguno pudiese llorar en él.

¿Quién tiende una tela para dos perdidos
mientras se hacen llamar mártires?
Estando tan de moda las máscaras antifrágiles,
con réplicas hasta en el todo a cien.

Adquirimos una cada uno,
nos la pusimos y fuimos separados al baile
sin saber que le daríamos duro
a cualquiera que no supiese de nuestra piel.


16 septiembre, 2015

RENACIMIENTO (I)

Mis días, 
estos nuevos de los que nada sabía,
nacen con rocío en las azoteas.

Ha crecido una flor, ahora de cristal, entre las baldosas
y observo el estado de excepción
que proclama en cada pétalo de su encanto
mientras el café me espabila el gusto y juega al calientamanos.

Hoy no trabajo
y tengo las obligaciones acurrucadas
bajo el fogón que es la cama
según va quedando para la buena memoria otro verano.

Subo las persianas,
me asomo al balcón para apagar las banderas
e izar la música.

Tiro las paredes que quedan
y me tumbo a mirar desde mi hogar desposeído
de cualquier cínica República.

Observo las gentes corriendo,
los coches que pitan y los pitos sin coches

en gargantas de agobiados crónicos
por calles sedientas de mejores ruidos.

Me pinto la cara, cojo el megáfono y grito:

“La guerrilla de los niños indomables
quiere vistas al mar
para no tener que aguantar vuestros desvaríos.

Que abran las compuertas de cada océano
y me mojen los dedos de los pies tras el orgasmo,
que del calambre quedan o estirados o contraidos”

Grito yo sólo mientras me río.

Después me pongo el bañador y salto
y repito con cabezonería el proceso
hasta sentir por dentro el espasmo.

En el cercanías al Invierno de los fríos abrigos
todos mueren varias veces por vida;
yo solo quiero aferrarme a la osadía
de haber renacido aun siendo mi único testigo.

NO ERES TÚ

No eres tú, soy yo,
que sin mí no puedo estar,
así como me quieres:
convertido en cucaracha.

Lo siento cariño,
me aburren las metamorfosis
y los insectos encerrados
bajo copas de cristal.

Yo te quiero hecha defectos,
también defectos,
y acepto que todos somos así:

animales imperfectos
con cicatrices imborrables
y notas disonantes,

Bandas Sonoras Originales
sin un solo arreglo
que nunca se podrán repetir.

Yo te quiero así.

Y cada vez que intentas cambiarme
pierdes el absoluto atractivo
que eres tú en toda tu esencia. 

Quizás porque siento
que a quien cambias es a tí.

No eres tú, soy...
Bueno,
no te sabría decir. 

MI ETERNA APOLOGÍA

Sigo haciendo apología de su nariz deforme;
unos esquivan a Aquiles obviando sus talones
yo decidí enfrentarme a ellos.

Hay en lo imposible un sabor agridulce,
una esperanza y un dolor desgarradores
y cada vez más profundos pero,
como ella, incomparablemente bellos.

Cuando la veo me siento
un hombre trajeado agarrado a un maletín
que, mientras vende realidad,
se descubre creyendo sólo en sus sueños.

Mi cabeza es así,
me afloja la corbata, me tumba en cualquier parque
y cuando llega la noche
me enseña a interpretar el cielo.

La única manera de transformar el dolor,
dice, mientras señala perseidas,
es declararle su condición de pasajero. 

La esperanza es otra cosa
y ni yo me entero de lo que dice
de tanto que titubea.

Siempre se lía cuando se recrea
mi cabeza al merodearte.

La esperanza es otra cosa, sí.

10 septiembre, 2015

DULCE DESARRAIGO

Érase diez uñas agarradas a una espalda;
el camino hacia la locura
ha de comenzar por desvestir la propia piel.

Su verbo expiraba en mi cuello
cuando comenzó a desatarse la tormenta
y, rendido a la sinfonía de su pulso,
saqué mi alma a la intemperie.

Me empapaba el cardiograma de cubos de pintura,
yo sólo me perdía, me manchaba.

Cuando, ya loco, sentí faltarme el aire
mire en sus ojos redentores
y descubrí el sentido de no pertenecer.

Fue esa dulce muerte,
puesto perdido de todos sus colores,
la que me enseñó a abandonarme.

Ella me arrancaba, 
con todas sus uñas, la coraza.

Yo cada vez más mojado, 
a cada tinta salida de sus estímulos.

Me dejé llevar;
ni me ahogó, ni me ahogué.

Salí a la superficie de nuestro lago,
dejando en el fondo
al Yo que nos quería sólo por y para él. 

Dulce desarraigo
compartir sin pertenecer.

SPEED ON TIGO (C)

La lucidez late conmigo,
empujo a Sísifo y sale de su bucle;
dibujo metáforas en el techo
hasta que cae y el cielo es un amigo
brindando nubes abstractas
que aguardan a que alguien las dibuje.

Ahora que los sueños son anhelos
recuerdo lo aburrido
de no tenerlos estando despierto,
y es la selva la que ruge
por si algún animal se ha perdido.

Ahora que tu boca es un recuerdo
la deseo tan abierta
que grita debajo de tu ombligo.

La lucidez desata mis párpados
y les envío a abrir tus ojos
para que me mires desde mi corazón.

La selva grita y sigo contigo. 

LA NOCHE MÁS OSCURA

La noche más oscura llama a las puertas de la catedral
y las viejas pesadillas abren la boca, asustadas;
como si hasta ahora todo hubiesen sido hombres enmascarados
jugando con niños a una vida de trucos o tratos
y descubriesen, de pronto, a sus propios demonios devorándoles.

Resuenan los nudillos golpeando
y la parsimonia del reloj se rompe en mil pedazos;
ecos de martilleos, carpinteros fabricando ataudes
en los tiempos del cólera.

Las eternas sombras, una a una, aparecen
alrededor de mí, acechando,
tan reales que no distingo si sigo despierto,

La habitación, desde luego,
es la misma que hace un rato.

La diferencia es que no puedo abrir los ojos,
ni moverme,
tan sólo mirarlas, inmóvil, desde esta cárcel
mientras vienen a matarme.

Y grito contra un muro, sudo agonía,
suplicando a mis párpados que despierten.

Mientras vienen a matarme. 

BOTELLAS Y MERIDIANOS

Otra vez termina el verano
y según apago las velas me duele alguna primavera
todavía agarrada a las espuelas;
como si fuesen piernas las patas con las que trotábamos. 

Aún se inflama mi hipotálamo
no por el tiempo que pasó, sino por cómo lo pasamos;
llegué a creerme caballo salvaje
hasta que me redujo la resaca,
insana emboscada por el bello paraje
por el que a galopamos hasta no sentirnos humanos.

(Humanos... )

Les odio en su mayoría sin contemplaciones,
contando excepciones con los dedos de las manos
¿Cuántos quedan que merezcan la pena?
Si descontamos cobardes y traidores, egoistas y tiranos.

Aunque he de confesarte,
a veces me sorprendo asumiendo roles
¿Se contagia la costumbre o me doblego al hambre
que tienen muchos hombres de venderse aun libres
para, ya en la cárcel, recibir visitas con flores?
Vendidas, por compasión, en rebajas para esclavos.

Escúpeme, si alguna vez me ves tan débil,
con la contradicción anillando mis manos;
un haz solitario y rendido al sol
no puede ser feliz en la oscuridad febril
que le ata a las cadenas de su pasado.

Ni esa eterna noche, sobra de sombras,
incapaz de aceptar que rompas una botella
contra la firme norma de los meridianos.

Hoy la rompo e inauguro el barco...
Si no muero
deséame suerte:
mañana, de nuevo, amanece y zarpo.

27 agosto, 2015

CUATRO PUPILAS

La bida es mucho más dulce entre esas piernas,
sentí y pensé, me estremecí
y con V de placer forjaste mi avsurda dixlesia.

Pero quién no pierde el norte y la ortografía
cuando un gemido te onomatopeyiza hasta la fé
y morderse los labios a intervalos define el mutuo placer:
"érase una vez dos cuerpos en perfecta sinergia".

Que recaiga toda tu expiración en mí
y, cuando estés sin aliento, pueda pedirte revancha.

Hablo con la mirada cuando no sé decir,
"eres luna llena hundiendo sus puños en arena",
pensé. perdido en la piel
que hace un rato obstaculizaba tu falda.

A duras penas lo traduje
y algún fonema pareció hacerte reir.

Diccionarios en blanco y un mutuo pacto;
la tinta invisible tiene su encanto,
como cuatro pupilas que, estando juntas, se dilatan.

YO PARPADEO

Yo ya no sueño, no;
dibujo en el interior de mis párpados
la que será mi lucha cuando abra los ojos.

Por fuera nunca fui nada:
obsolescencia programada frente a un espejo,
inevitable frivolidad fabricando ruinas
según caen bombas y marcha glorioso el tiempo.

Por dentro, en cambio, lo dí y lo doy todo,
y aún me siento osadía anillada a bandadas de pájaros
emigrando a lugares más necesarios y menos complejos
donde el instinto vuela solo
hasta posarse y protegerles de sus inevitables defectos.

Ahora que no sueño, dibujo,
sin pensar en lo que la razón quiere
o el corazón nublándose antes de que llueva,
la que será mi lucha cuando abra los ojos...

Es entonces, y sólo en ese instante,
cuando más me creo...

...Y no pasa nada 
si dudo, si me dudan, si flaqueo,
ya está pintado y no hay quien evite
un simple y llano acto reflejo: 
YO PARPADEO.

17 agosto, 2015

ATENCIÓN AL CLIENTE

Qué aburridas ambiciones esas que gastas,
le dije.

Érase un hombre, o algo parecido, 
pegado un maletín
con la pose de los aspirantes a cineastas
que se compran la vocación
en un rastro exclusivo para adictos a fingir.

Según llamó a la puerta,
le ví venir.

Con desquiciada rapidez
sacó un catálogo de cuestionable gusto
y, sin más preámbulo, espetó:
"tengo el largometraje perfecto para tí".

A las cuatro de la tarde
uno no tiene paciencia para cosas así.

"¿Cómo dice señor?"

Que qué aburridas ambiciones, repetí.

Me creeré tu película
cuando no vea venir los créditos.

Tu dios follándote en dieciséis novenos
y tú gimiendo en variados registros
de incuestionable mérito...

...Eso sí es bello realismo;
grábalo y vuelve cuando quieras,
que te compro copias y copias
como para que sobren después de repartir. 

El hombre, todavía pegado a su maletín,
entró en el ascensor
mientras ultimaba mi oferta más sutil.

VENGANZA SUTIL

Llevaba tiempo sin verla,
calendarios aparte.

Recuperé las constantes
y solo alcancé a preguntar
¿Qué ha sido de ti?

Después de una fría letanía,
viendo su cara cansada, apatía en los ojos
y un protocolo por boca 
paré el reloj, 
desabroché sus botas,
señalé un charco que hiciera de espejo
y, mientras saltábamos, insistí.

Los mayores no se manchan
aunque ya no les azoten al volver a casa;
el miedo ata con bridas a cualquier rutina,
como una muda amenaza.

Serán ahora golpes de monjas invisibles,
quizás,
su Dios castigando y el ego hecho trizas;
hay reglas
que duelen mucho más que la madera noble
y la piel puede ponerse roja
pero la sangre es lo único que siempre corre.

"Qué ha sido de tí?" Me dio por repetir.

Dime, ahora que te has manchado de valor,
si no es el momento de ir sin huir
a enfrentarte a la vieja que escondes
bajo tu piel aburrida tirando a gris.

Viérterte cubos de agua y sal
como si lloviesen mares
sobre las heridas abiertas
hasta que naufragues fuera de tí
y te rías desde la orilla
del cadáver que te quería muerta.

En plan "venganza sutil".

Sin resaca de penas ni dramas de roca,
saltar si te place, 
sumergirte hasta hacerte las paces
y mirar al cielo al salir.

Sentir a qué sabe saberte sin fin,
agridulce como la vida
y hostilmente sincera,
sabiendo que sólo tú te has de consentir.

ODIAR ES MAL, REIR ES BIEN (HOLA SOY COCO)


El odio es una sensación masoquista y testaruda,
una agonía innecesaria,
un regalo al prójimo
cuando el prójimo es simplemente un hijo de puta.

Lo sé,
pero no me malinterpreten:
no les odio en absoluto.

Me río de ellos,
tantas veces y con tanta fuerza como puedo,
como si no hubiera mañana,
a pulmón, a pecho partido y vísceras asomando,
desde las branquias de un pez que me comí hace años.

No merecen mi odio,
no;
pero sí mi incomprensión reinterpretada,
maldigerida y hecha carcajada.

Sacar la médula espinal de un cuerpo absurdo
y mandársela por correo urgente a su familia política, 
con una técnica apurada, cortadita en rebanadas.

Mira que hay cubos de colores para reciclar,
pero ningún "Deposite aquí el cerebro
de los deshumanizados que no le sirvan para nada".

No les odio, no,
ya les juzgará si acaso un Yo futuro
cuando la verdad llame a sus puertas
para cobrarse una larga factura.

Mientras tanto,
puesto que la justicia es lenta
y sólo pone el modo Auto
para multas por psicoriquezas y tráfico,
me van a disculpar si río un rato.

Ahora que la corrección política se lleva tanto
que hasta el pensamiento parece amenazado.

27 julio, 2015

LA RESACA FINAL

Cuando empezó a atardecer yo ya era luna;
los marineros pagaban a señoras
por ponerse trajes de cola 
y quedarse con ellos a solas
y las sirenas, entristecidas, me pedían ayuda.

"¿A quién vamos a cantar?" se preguntaban,
con el aleteo desesperado del corazón en ayunas.

Una luz intermitente no es oscuridad,
o eso se dicen siempre los amantes solteros
en instantes no deseados de su soledad.

Tampoco entonces les consuela
escuchar que no existe la plena claridad;
tachan de falsos los testimonios
de matrimonios precoces, anillos guardados
y dedos buscando roce en cuerpos
a los que no prometieron ni media eternidad.

Mentes que a tientas se conocen
y en esa penumbra descubren
el placer de volver a comenzar.

Cuando empezó a amanecer yo ya era sol;
y las sirenas pagaban a agricultores,
ejecutivos y hombres de biblioteca
aspirantes a intelectuales ratones 
por echarse a la mar y dejarse engatusar.

Los marineros aún dormían
mientras les robaban sus embarcaciones.

Aquel día el mar traficaba con emociones
y en él se gestó la resaca final. 

23 julio, 2015

MÁS ALLÁ DE UARZAZATE

Hundiendo mis manos en la arena,
con la boca abierta y los ojos llenos,
ante una enorme y llana luna
descubrí que no hay desierto como tal
cuando el universo se desnuda.

¿Qué soy ahora si no un bello instante
que palpo, siento y agarro
hasta que nada ni nadie le impida caer?

¿Qué seré después si no un mágico recuerdo  
que avanzará en su brillo indomable
para mostrarme el valor de aprender y crecer?

Nada tan diminuto ni tan grande,
ni menos insignificante
como el grano de arena, la sombra de luna,
el impulso de pararte a mirar, 
sentir, gritar o callar, estremecerte o abandonarte,
o correr a ver qué te espera más adelante
cuando lo anterior ya no tiene nada que ofrecer.

A veces maldigo mi mala suerte
y, ya sin rumbo, ato nudos de una misma cuerda
como si jugando o aferrándome a ella
fuese a salvarme de la decepción
y devolverme de una pieza a un sueño ya sin lugar.

Después vuelvo a aquel desierto,
al instante en que me sentí luna y arena;
no humano, ni siquiera humanidad.

El viento cambia,
la piel se acaricia y choca,
los corazones se saludan, se despiden
y los besos, las miradas, las camas
a veces dejan de poder decir y significar.

Pero... ¿Qué soy ahora y seré después?
Si no una apología de la búsqueda incesante
de mi más alegre y feliz oportunidad.

El punto de partida es siempre esta paz;
más allá de cualquier puerta,
mucho más allá de Uarzazate.

21 julio, 2015

EL TEOREMA DE MIRARTE

Soy un desastre,
pensé.

Con tu cabeza sobre mi pecho
y la mía entretenida
en el tacto de un dulce pacto;
caricia y piel.

Tú ya dormías
y yo me sentía a punto de caer,
intentando latir sólo para adentro,
por no despertarte o, quién sabe,
si descubres mi aceleración
en el teorema de mirarte
incluso cuando no te puedo ver. 

Pasado mañana, frente al mar,
nos pensaré;
miraré al horizonte para imaginarte
y será como volver a volver
a descubrir por un segundo esa magia:
soñar que, si lo sueño, así es. 

Pasado mañana sonará la música
y será otra fiesta,
otro Ahora mecido hasta el amanecer. 

Y cuándo menos lo espere
te echaré de menos entre las risas, 
pensando en la tuya sin querer.

Nervios en manojos, reflejos en el habla,
las sombras, el césped, el agua;
nuestras pullas y tonterías, tu boca y la mía 
mirándose antes de decir Ven.

Cuando menos te espere
serás todos esos instantes a la vez,
y en el precioso torrente que es recordarte
sonreiré antes de tirarme.

Para mirarte aun sin poderte ver.

05 julio, 2015

PEQUEÑA HISTORIA DE UNO O DOS INVISIBLES

Está muy cansada. Las manecillas del reloj se unen en la medianoche. Habrán pasado quince minutos desde que Nadia cruzó la puerta y entró en casa, tras un largo día de trabajo. Ahora el colchón la llama con insistencia, con la pesadez que emerge de un pulso entre el cuerpo y las ganas, cuando sientes que aunque tengas que dormir, para ser capaz de rendir al día siguiente, necesitas al menos un momento para sentir que sigues vivo. Del salón llega un eco televisivo, algo de humor ingenioso por las cuerdas vocales del presentador de un show bien pensado y mejor elaborado. Con él se mimetizan las risas de sus dos compañeros de piso, estudiantes que aún disponen de muchas horas para percibir la existencia como algo fluido y digno de desperdiciar como sea mientras sea posible. En tales divagaciones está cuando las risas, bien por expansión real o bien por percepción forjada, le suenan a insomnio mental. Otra vez, se dice. Ha acuñado el término hace una semana, por esa costumbre popular de ponerle nombres a todo, aunque cuando lo expliques a alguien sepas, de sobra, que la única respuesta va a ser una ceja arqueada y, en todo caso, una afirmación circunstancial.

Insomnio mental: dícese del estado de un individuo cuando su cuerpo pide paz y la mente grita guerra. Tendente a 1) la exponencial extensión de cada idea en espirales de aguda profundidad analítica y emotiva, y a 2) un continuo e improductivo enlace de apuntes absurdos sobre cosas aún más absurdas, si cabe.

Esta noche el pronóstico se muestra desde el principio muy claro. Ataque certero, nivel alto/muy alto de insomnio mental modalidad Uno. Hemisferio izquierdo exaltado. Cuando le ocurre eso, lo único que desea es desaparecer de sí misma, que todo se detenga y acabe rápido. Pero si algo es por todos sabido, es que esa es precisamente la condena del insomnio. Cuando, además, uno se encuentra ante la vertiente angustiosa todo es más difícil aún, porque ni tan siquiera puedes saciar tu sed con el monologuista del salón y tus compañeros de carcajada. Es por ello por lo que Nadia abre de nuevo la puerta de casa, esta vez para salir sin prisa, sin rumbo y sin saber cuándo volverá. Desciende dos pisos hasta el portal. Mira alrededor. Ni un alma. Más de tres millones de personas y ni un alma en la calle; por mucho que puedan esconderse, resulta una ironía, piensa. Poco después gira en una, dos, diez calles hasta dar con un parque desde el que, al menos, se ve la luna. Esa luna filtrada y rodeada de cierta corrosión naranja, el extraño color con que en las grandes ciudades pintan el cielo durante la noche.

Se sienta sobre el césped, que desprende ese olor a humedad característico de los parques bien cuidados, una entusiasta ilusión de naturaleza. De todo el día, los únicos momentos que ha tenido para descansar un poco han sido los caminos de ida y vuelta del trabajo. Dos horas en el metro durante las cuales se dedica a pensar si todos aquellos apresurados congéneres tendrán una vida tan extraña como la suya. Otras veces mira a algún chico imaginando si, quizás, mientras ninguno de los dos es capaz de conjugar una sonrisa y un Qué haces después del trabajo, está ante el hombre de su vida. Pero algo se repite siempre, día tras día, cuando ve al sonriente señor del acordeón jugando a afinar el ruido de los raíles con sus dedos y sus brazos bailarines, haya o no buenas propinas. Se da cuenta de que la felicidad consiste en querer lo que haces para poder hacer lo que quieres, una filosofía a la que su padre solía llamar, con el aplomo gramatical que da la experiencia, “tirar pa´lante”. Ahora, sentada en el parque, piensa en por qué no fue sincera con la única persona, en las nueve plantas de oficinas que se patea cada mañana, a la que le hubiese gustado hablar del afinador de trenes y, quién sabe, de urbanitas príncipes azules.

Fase aguda del insomnio: mira hacia el cielo, lo necesita, pero no puede ver ninguna estrella. La ciudad. El parque. Una mirada alrededor. No puede dejar de pensarlo… Dónde estará él, dónde habrá ido… Una gota de agua salada acaricia la mejilla de Nadia. En su cauce lleva retazos de algo, muy parecido a una triste poesía. Empieza a llover.

...A veces el llanto del cielo
parece la esperanza de la tierra,
otras es invertir el sentido del vuelo
cuando la nostalgia nos encierra
hasta volvernos invisibles…

Muy cerca de ese parque, las primeras gotas de esta noche levemente lluviosa también acarician lo que nadie puede ver.
­­­­­- ¡O­tra vez a dormir sobre mojado, así no hay quien descanse un solo día!―grita Víctor en un callejón, sin más respuesta que su propio eco.

Han pasado seis meses desde que aquella pesadilla comenzó, y ya no tiene muchas fuerzas para seguir. Cada vez menos. No tanto por vivir en la calle, sino por la soledad a la que ésta le condena. Aprendió pronto a no infravalorar el concepto de “perro callejero”. Con tanto tiempo, le gusta reflexionar sobre todo, aun sabiendo que para conseguir el Nobel es necesario al menos cierto rigor científico.

Perro callejero: binomio lingüístico comúnmente complementado por “como un” que, aun refiriéndose expresamente al canino animal, puede abarcar amplio abanico de especies. Entre ellas, el ser humano.

Al fin y al cabo, poco a poco su vida se resume en la misma rutina. Vagar por las calles, sin sentido ni rumbo, y recoger las sobras que encuentre o que algún misericordioso le deje en el suelo. En eso, el ser humano y el perro no se distinguen apenas si comparten un “callejero”. Difícil situación… Bastante tengo con compartir esta mierda de destino con más de dos mil personas, como para encima contar con los perros, piensa muchas veces. Sí... Al parecer, no son pocas las personas que acaban como él en la gran ciudad. Muchas veces, cuando les observa, tan parecidos, se pregunta si el principio de su final habría sido el mismo, o parecido al suyo, de haberles sucedido todo al calor de otro azar. Si se habrán visto obligados a huir, sin sus padres, parejas e hijos primero, sin sus trabajos después, sin salir de casa, hasta que una carta les dice que la vivienda no es tanto un derecho como un buen negocio que exige puntualidad en los pagos. Y ahora, con el desengaño que otorga el tiempo, se pregunta si todos esos despojados han sentido, como él, vergüenza y miedo a sincerarse con los pocos que quedan. Cada vez menos. El miedo a decirles que es triste pero, sí, están cada vez más solos. Que se han perdido sin saber cómo seguir, cómo afrontar la pena, la duda, la memoria, las lágrimas. Que es inevitable la duda de si han perdido, poco a poco, esa batalla. Sin darse cuenta, enlazando tristezas, paralizados, arrinconados en el cuarto; viendo la televisión cada noche sin seguir ninguna trama, ensimismados hasta que el sueño les atrapa. Que duele, pero ocurre, que de repente los rincones están fuera, fríos, y te avergüenzas, y sigues sin saber cómo y a quién pedir auxilio. Todo eso, y más. La calle, se dice muchas veces, es una eterna pregunta, tan perpetua como el hambre o la sed, y tan imborrable como el recuerdo de un abrazo, un cálido abrazo, como aquellos que le daba Noa, su mujer, cuando algo iba mal. Mientras se levanta y recoge algunos cartones y una bolsa con algo de comida piensa, mirando alrededor, que él, después de todo, no tiene culpa de sentirse cansado

Nadie me preparó para esto… ¡Nadie!―grita a dos jóvenes que pasean avenida abajo, agarrados de la mano, inmunes al sentir de Víctor.

Empieza a andar, sin mucha prisa. Esta noche la lluvia no le hace temer un mal sueño. Es una lluvia suave, con la que el agua parece levitar en torno a uno y, al bailar con ella se siente por momentos fuera de sí, libre, no sólo de su cuerpo, también de todo pasado y cualquier futuro. Aun así, en el suelo la lluvia languidece, se detiene, y Víctor sabe que si se tumba de nuevo en cualquier calleja acabará tiritando, así que decide caminar hasta un lugar más alegre. Ya después decidirá dónde dormir.

Sigue el camino de los dos chicos, que ya se habrán esfumado por cualquier esquina, y sin atender, perdido entre las gotas en su ligero baile, anda durante un buen rato por esa amplia avenida, sin variar el rumbo, boquiabierto, sintiendo en las pupilas el extraño vaivén de una esperanza olvidada. No la ve, pero detrás de sí una pintada refleja algo que siempre habría querido decir.
Por favor, por si vuelvo, dejen una luz encendida”.

Aún sentada, Nadia se agarra al banco del parque como temiendo salir disparada al sentarse, a la par, en el banco de sus recuerdos. Y se pregunta cuánto quedará de él, mientras la lluvia sigue acariciándole la mejilla. Dicen que le han echado porque cada vez era más callado, más descuidado con su aspecto y menos eficiente. Lo cierto es que ya nadie le ve en su barrio. Por eso muchos, incluso ella a veces, tienen la certeza de que murió. Quizás fuera un rumor. Nunca pregunta por respeto, porque no quiere entrar en esa espiral de cuchicheos de oficina en los que, de repente, del morbo nace un interés por alguien que nadie tuvo nunca, hasta que todas las conjeturas posibles se han hecho y sólo queda lanzar hipótesis que se olvidan en cuanto nadie vuelve a hablar de ellas.

Si es así, si está muerto, no quedará mucho, se contesta. No, al menos, una esquela reflexiva, de esas que homenajean a uno por lo vivido y no por su muerte en alguna columna de cualquier periódico o en cualquier reportaje o pequeña noticia. O peor, ni tan siquiera en una de tantas ágoras improvisadas por la ciudad.

Aún no entiende por qué fue tan injustamente tratado y olvidado. Todos le conocían por su timidez, por esa tremenda capacidad para aislarse de todo y escaparse del prójimo, tanto que a veces parecía no existir. Cuando entró en la empresa pasaba por un mal momento, según le habían comentado. Su mujer le había dejado por otro y se había llevado a los niños con ella a Southampton, donde el repentino padrastro trabajaba. Pero las apariencias engañan, claro, se había dicho de primeras, y después una y otra vez, en cierto modo culpándose por sucumbir al prejuicio colectivo. Es como aseguraba aquel anuncio de telefonía móvil: si no lo cuentas es como si no lo hubieses vivido. Por eso, en vez de intentar conocerle se limitaron a llamarle, las pocas veces que le llamaban, “el amargao”, “el soso”; tampoco faltaba “el raro”. Raro... Menuda oda a la relatividad.

Ella sabe que no fue como decían, que era mucho más que eso. Lo supo un día que fue a pedir permiso vacaciones al jefe. Al pasar por la sala que daba a su despacho, él estaba ahí, con los ojos tristes que últimamente se dejaba poner. Al salir, Nadia se detuvo a hacer fotocopias y, como estaba cerca de él, le oyó hablar con su madre. Sin saber por qué, dejó la máquina y, simulando que ordenaba varios documentos, acomodó su oído a la débil voz: Sí, mamá, estoy muy bien… Sí, ya sabes que me encanta mi trabajo y que cuando salgo me esperan en casa, ¿qué más se puede pedir?

Pasaba su voz por media sonrisa, como si le fuera la vida en soñar junto a su madre para que ella le pensara siempre en esa nube y no tuviese nada por lo que preocuparse. Fue entonces Nadia cuando se supo absurda y supo a todos absurdos, tan hundidos en la imagen, la estrecha imagen, tan cerca de la mentira por pequeña, diminuta.

Hasta que supo su nombre, le pensaba “El hombre invisible”, aunque de un modo cariñoso, porque ella muchas veces se siente igual. Fría, nostálgica, en este mundo donde la soledad mata lentamente, a base de nadas y momentos en duermevela. Nadia sabe, claro que sí, que la diferencia entre la visibilidad y la invisibilidad muchas veces es sólo una mayúscula. Amigo, Compañero, Tío.

Habría bastado un simple Raro, o Soso, con S de Sabes que estoy ahí. Ella tampoco regó la primera letra cuando pudo, por miedo, por timidez… Por lo que fuera. Y ahora, mientras se levanta para seguir calle arriba, no puede dejar de pensar en él, en lo triste que es la soledad, en cuántos en esta gigantesca ciudad se sentirán de ese modo.

Así está durante un buen rato. Ya no recuerda que llueve cuando cruza la esquina para entrar en la avenida de camino a su casa y ve a un vagabundo mirando al cielo, como si intentase divisar una a una, las gotas que caen, sorprendido por el fenómeno. Justo cuando va a cruzarse con él, éste abandona la perplejidad de su descubrimiento y la mira. Una mirada que le resulta familiar, pero a la vez extraña.

¿Le habrá pedido dinero más veces? Piensa, de primeras, Nadia. Víctor sí la reconoce al instante, pero sabe que ella no caerá en la cuenta. Deja escapar un afluente por una de sus muchas mejillas invisibles y se limita a pedirle algo.

Disculpe, por favor, ¿no tendrá un cigarro?pregunta, sabiendo que su voz está demasiado cascada, ya sin esperanza de que le reconozca.

No, lo siento. No fumo. Si quieres un caramelo… Es de miel, te vendrá biencontesta, después de mirarle bien, convencida ya de que no le conoce.

De acuerdo, muchas gracias―y una vez más, siente la condena. Una tristeza espantosa, que le obliga a ser sincero y confesarle por qué sufre, aunque ella, después, siga su camino- Una cosa más, por favor…

Sí, dime, pero… Si es dinero, lo siento, he salido sin el bolsose adelanta Nadia, sin maldad, creyendo saber cuál es su intención.


No, no es eso… Sólo quería saber una cosa…duda un poco, pero la pregunta ya sale, leve pero imparable, de sus labios¿Alguna vez te has sentido invisible?

DE ETIQUETA

Siempre he odiado a la gente que parece perfecta. No por envidia, ni por simple y absurdo celo visceral, quizás por vergüenza. De no saber si fingen o aciertan. O puede que las dos cosas, si piensan en confundir más que en conocerse y crecer.

A los observadores siempre se nos viene el mundo grande. Vigilamos un plano, una composición. Cosas inertes, gentes con vida. Las cosas decoran, parecen y hacen parecer, pero no son dinámicas sin alguien a su lado, dándoles juego, tocándolas, otorgándoles la vida intermitente que, de otra forma, nunca tendrían. Con las personas todo es distinto. Las atamos a los dieciséis novenos de sus circunstancias en formato estático y si, por error, le damos a grabar video ellos siguen la cadena de ese error, se detienen y sonríen para la foto. En la cibersociedad el mundo gira así, con pausas para registros, ítems que ayudan a resumir aunque signifiquen generalizar. Carne de red social, el animal humano se vuelve menos animal y menos humano queriendo definir lo imprevisible, etiquetando lo imposible de definir con una sola unión de letras, una sola perspectiva para dibujantes y fotógrafos, una sola secuencia sin diálogos, voz en off ni gestos cambiantes. Reduciéndose al instante, al hecho sin matices, la sinopsis aburrida y facilona.

A los observadores siempre se nos viene el mundo encima. Te tumbas en pleno verano a ver la lluvia de perseidas. Las ves aparecer y desaparecer, de una en una, y al rato te descubres intentando abarcar todo el cielo, barriendo el universo con una dinámica obsesiva, a ver cuántas coinciden en un mismo segundo de fama. Entonces el universo cae y te las pierdes todas. Parecía buena la idea pero no, no obedece a la naturaleza de nuestras retinas ni a la esencia misma del arte del deleite. Necesaria singularidad.

Siempre he odiado a la gente que parece perfecta. Quizás por vergüenza. Menuda contradicción, haberse acostumbrado a juzgar sin saber. Si fingen o aciertan. Si sonríes y aceptas esa forma de ganar, perder, simplificar. O dar un paso atrás para volver a aprender. Sin aceptar. Sin sucumbir a ser o convertir a quien tienes enfrente en otra puta etiqueta.


Siempre he odiado a la gente que parece perfecta, sí. Consciente de que no existe, o no debería. A los observadores nos pierden las imperfecciones. Las taras, los errores, la suerte. Las casualidades que nos marcan, sin más.